![]() |
| Jose Alonso al recibir premio del fisicoculturista del año. |
Gesto triunfal de este Ayax del siglo XX. Un cuerpo en exposicion. Superficies redondeadas en la plenitud de la firmeza y una mirada dominante constituyen el apogeo del dominio sobre la materia informe y plástica de los musculos ocultos por la superficie homogenea de la piel.
Delia sostiene la Copa mientras el ganador sonríe en su momento de gloria.
Jose Vicente Alonso nacio en Pilar en 1918 y dejo de existir en Cordoba el 29 de marzo de 2003 a los 85 años.
En su combate singular contra el paso del tiempo se construyo una singular armadura hecha de músculos y fibra.
Elaborada a partir de un esfuerzo permanente y obsesivo de ejercitacion y musculacion en pos de un combate que no podía mas que perder.
La carne que Socrates creía la cárcel del alma, fue para Alonso su escudo contra la muerte y en lucha heroica y trágica contra esa fuerza irresistible que todo lo corroe y devora consagro su vida al culto exclusivo de su cuerpo.
No solo forjaba sus musculos con la sola ayuda de su inquebrantable voluntad sino también los pasadizos oscuros de la memoria y el recuerdo, gozando al escandir libros completos que iban desde el Martin Fierro de Hernandez hasta poetas nihilistas que expresaban las mas profundas de sus ideas sobre la vida.
Su conciencia viril de la mortalidad no le impidió una vida feliz en el seno de su familia a la que amo, pero en lo mas profundo de si lo único que verdaderamente importaba era la batalla incesante contra ese enemigo que al fin lo abatió: la muerte.
Como a todos los caballeros medievales, de los que el era un digno heredero, su fuerza provenía del amor y la perdida de su mujer Delia fue una estocada a la que no sobrevivió mucho tiempo.
Ese 1 de Junio de 1999 ante la muerte de Delita el sucumbió bajo el peso del dolor y lentamente su fuerza y su escudo de músculos, fibras y memoria elefantiasica se desvanecieron hasta dejar tan solo un ser agonizante y lucido en la cama.
La ultima vez que lo vi, tras ese cuerpo desgastado y cansado, se veía, en sus ojos cristalinos y en sus gestos tranquilos, la paz que solo una bondad y pureza singular concede a los hombres y que el ostentaba sencillamente en ese crepúsculo lucido.
El tiempo lo había vencido finalmente cuando descubrió que su armadura forjada contra la muerte era apenas carne sufriente y moribunda, mientras que ese espíritu recto y gentil, que como hombre verdaderamente justo poseia, era lo que lo conducía ahora hacia el Sumo Amor donde su viejo enemigo la muerte ya no tendría lugar.
![]() |
| Felices compartieron 47 años de sus vidas |


No hay comentarios:
Publicar un comentario